La historia no es un monolito. Entrando en sus porosidades y sus rupturas descubrimos narraciones menores que articulan una constelación, una pluralidad de voces. En el techo del Museo de la Memoria imaginé un cielo que iluminara los rostros de los desaparecidos como si fueran sus estrellas. Como ancestros protectores. En definitiva, un museo de la memoria es un lugar donde guardar nuestros recuerdos, un archivo vivo que construimos individual y socialmente.